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Friday, June 26, 2009
"Cansado de la hiper hipocrecía, me pregunto hasta cuándo podremos todos sostener la farsa de vivir. Mi familia con su discriminación latente anulada en escasos momentos por sus intereses personales, la mentira de la carrera que elegí, el trabajo que no quisiera tener, el vacío que siento sin el apoyo de alguien a mi lado. ESTOY CANSADO."
Saturday, March 14, 2009
~
"Salí de trabajar casi corriendo para tomar el subte hacia una dirección que creía era exacta. Iría a encontrarme con una amiga que hace tiempo no veía en un recital. Bajé del subte. Cuidé mis pertenencias como quien convive con la inseguridad de todos los días. Caminé unas cuadras. Busqué Bulnes 666. No había nada allí más que un hombre parado en la puerta, el lugar cerrado. Caminé hasta la esquina, hacia un kiosco para meterme allí y llamar a quienes supuse me dirían la dirección exacta. Nadie contestaba el llamado. El hombre que estaba allí parado me siguió esa media cuadra. Yo sabía que no intentaría robarme, más bien él pensaba que yo era alguna persona que lo estaba buscando. Son esos típicos personajes que suelen rondar por las porteñas noches de los encuentros a ciegas. Traté de correr a un ciber a buscar información lo más rápido posible, y fue allí cuando me mandaron un mensaje con la dirección exacta. Traté de tomar un taxi, pero mis intentos de tomar un taxi parecían transportarme al New York actual, ninguno se detenía. Caminé muchas cuadras hasta que uno paró y me dejó en donde debería haber estado hace una hora.
Allí me encontré con mucha gente conocida que hace tiempo no veía. Gente que te pregunta cómo estás, que no te ve hace tiempo, que te abraza, que te brinda un cálido beso. Fue raro y algo extraño. Rodearte de personas que parecen estar interesadas en vos. Sentir por lo menos por un momento que alguien ha pensado y de alguna forma sabe que existís. Por un momento. De ese lugar me fui solo. Si bien me habían invitado a salir después de ese encuentro yo ya había quedado con un "amigo" a ir a verlo en una fiesta, por lo menos pasar a saludarlo. Me fui solo. Tomé un taxi, de hecho, el peor taxi que pude haber tomado con el taxista de peor humor que he visto.
Llegué a la fiesta situada en un boliche. Entré. Algo de gente. Mensaje de texto enviado. Decidí esperar en la barra con la simple compañía de un trago y un(os) cigarrillos a que mi "amigo" llegara. Llegó. Me saludó. Alcancé a abrazarlo. "Ya estoy con vos" - me dijo. Decidí sentarme y seguir con la más fiel compañía de una bebida y mis cigarrillos, sabía que no me dejarían.
Mi cabeza daba vueltas y no justamente por algún efecto secundario de lo consumido. Estar en un lugar lleno de gente y con una terrible decepción en cuanto a mi soledad inundaba mi mente de pensamientos, sobre todo en ese momento, ya que la última semana me sentía relativamente débil en cuanto al tema. Las personas pasaban cerca mío y yo no podía más que hacerme a un lado. Había caras que me parecían familiares, pero me propuse ligar ese familiariadad a que hoy en día la mayoría de los jóvenes siguen muchos estereotipos (quizás podría incluirme) y sus vestimentas e incluso sus rasgos físicos logran asimilarse.
Seguía solo, irónicamente en un lugar lleno de gente. Trataba de ver si mi "amigo" volvía a aparecer. Quizás estaba en la pista bailando, pero yo no iba a ir, convivo con cierto miedo al contacto a las masas de gente desconocida. Yo sabía que él iba a estar ocupado, siempre rodeado de gente, sabía que un boliche no era el mejor lugar para hablar después de meses y meses sin vernos, pero me conformaba con cruzar un más que "Hola ¿Cómo estás?". La profunda soledad en la que me encontré encerrado me ayudó a darme cuenta una vez más que no pertenezco a ese tipo de lugares. Gente juzgándote por tu apariencia hasta el más mínimo detalle, miradas que van y vienen, grupos exclusivos de personas, extravagancia en un punto excesiva. Estaba solo y suicidándome con palabras contaminantes.
Miraba la hora. Un cigarrillo más era la distancia que tenía entre el tercer taxi que tomaría y la esperada llegada de mi "amigo". No venía. De repente, un rostro familiar. Un fantasma. Fruto de mi mente (quise convencerme) que nunca logró olvidarlo, se transportó hasta este momento en el que justamente me sentía tan vulnerable. Por como mi cabeza trabajaba en contrato con mi corazón, quise creer que ella deformó algún rostro muy parecido al suyo, transformándolo en todo lo que alguna vez quise. Refregué mis manos en mis ojos intentando secar las lágrimas invisibles, puesto que sé, los hombres no lloramos. Volví en sí como si me hubiera dormido, como si ese momento hubiera sido una pesadilla, algo salido de esa realidad. Miré el techo y respiré profundamente. Bajé la mirada. Miré al frente. Allí estaban su cabello, su mirada penetrante, su frágil cuerpo. Sentí su mirada o quizás fueron tan fuertes mis deseos de tenerla que la sentí mía por mucho menos de un segundo. Yo apreté mis ojos fuertemente, aguanté la respiración, tapé mi rostro con mis manos. Sentí en mi estómago el dolor como no lo he sentido antes. En cambio mi corazón, ya conocía de ese dolor desde el día que te había visto partir en aquella esquina del barrio de San Telmo.
Aún no puedo entender, que dejaste en mí, que cada momento en el que mi corazón tiende a marchitarse, estás allí para ayudarme a caer un poco más. Compararte con el sol, fuiste cálido, hasta que tu brillo logró quemarme. Quisiera saber por qué en estos tiempos de soledad y con tu ausencia, supiste aún estar presente para inspirar en mí las frases más desesperanzadas sobre el amor. Quisiera darme cuenta de la cantidad de rechazo al amor y a la gente que sembraste en mí.
Mis ojos siguieron más que cerrados, caminé con mi respiración detenida y mi asustado corazón. No quería verte, ni quería que me vieras. Ya había sido demasiado para una sola noche. Atravesé la pista de ese boliche casi corriendo. Divisé a mi "amigo" a lo lejos. Le hice señas, a las que no respondió. No encontraba la puerta ¡Cuánta impotencia! Querer huir sin una puerta por la que salir. El cigarrillo que llevaba en mis manos se había consumido a base de nervios. Llegué a la calle practicamente vacía. Ella, yo, mi frustración. Tomé el taxi. El tercero y último.
Es triste. No hay nadie a quien llamar para pedir ayuda. No tengo ese número de emergencia que todos suelen tener en los momentos en los que necesitan un hombro sobre el cual llorar. No tengo ni esa madre o ese padre que me espera en mi casa para ver porque llegué temprano o tarde. No existe el hermano confidente, la amiga fiel... Somos mi mente y yo, y desafortunadamente, ella no está de mi lado. Todavía me quedan muchisimas cosas por atravesar. Solamente espero, espero poder solo."
(y la última vez que escribí tanto, también fue por él)
"Salí de trabajar casi corriendo para tomar el subte hacia una dirección que creía era exacta. Iría a encontrarme con una amiga que hace tiempo no veía en un recital. Bajé del subte. Cuidé mis pertenencias como quien convive con la inseguridad de todos los días. Caminé unas cuadras. Busqué Bulnes 666. No había nada allí más que un hombre parado en la puerta, el lugar cerrado. Caminé hasta la esquina, hacia un kiosco para meterme allí y llamar a quienes supuse me dirían la dirección exacta. Nadie contestaba el llamado. El hombre que estaba allí parado me siguió esa media cuadra. Yo sabía que no intentaría robarme, más bien él pensaba que yo era alguna persona que lo estaba buscando. Son esos típicos personajes que suelen rondar por las porteñas noches de los encuentros a ciegas. Traté de correr a un ciber a buscar información lo más rápido posible, y fue allí cuando me mandaron un mensaje con la dirección exacta. Traté de tomar un taxi, pero mis intentos de tomar un taxi parecían transportarme al New York actual, ninguno se detenía. Caminé muchas cuadras hasta que uno paró y me dejó en donde debería haber estado hace una hora.
Allí me encontré con mucha gente conocida que hace tiempo no veía. Gente que te pregunta cómo estás, que no te ve hace tiempo, que te abraza, que te brinda un cálido beso. Fue raro y algo extraño. Rodearte de personas que parecen estar interesadas en vos. Sentir por lo menos por un momento que alguien ha pensado y de alguna forma sabe que existís. Por un momento. De ese lugar me fui solo. Si bien me habían invitado a salir después de ese encuentro yo ya había quedado con un "amigo" a ir a verlo en una fiesta, por lo menos pasar a saludarlo. Me fui solo. Tomé un taxi, de hecho, el peor taxi que pude haber tomado con el taxista de peor humor que he visto.
Llegué a la fiesta situada en un boliche. Entré. Algo de gente. Mensaje de texto enviado. Decidí esperar en la barra con la simple compañía de un trago y un(os) cigarrillos a que mi "amigo" llegara. Llegó. Me saludó. Alcancé a abrazarlo. "Ya estoy con vos" - me dijo. Decidí sentarme y seguir con la más fiel compañía de una bebida y mis cigarrillos, sabía que no me dejarían.
Mi cabeza daba vueltas y no justamente por algún efecto secundario de lo consumido. Estar en un lugar lleno de gente y con una terrible decepción en cuanto a mi soledad inundaba mi mente de pensamientos, sobre todo en ese momento, ya que la última semana me sentía relativamente débil en cuanto al tema. Las personas pasaban cerca mío y yo no podía más que hacerme a un lado. Había caras que me parecían familiares, pero me propuse ligar ese familiariadad a que hoy en día la mayoría de los jóvenes siguen muchos estereotipos (quizás podría incluirme) y sus vestimentas e incluso sus rasgos físicos logran asimilarse.
Seguía solo, irónicamente en un lugar lleno de gente. Trataba de ver si mi "amigo" volvía a aparecer. Quizás estaba en la pista bailando, pero yo no iba a ir, convivo con cierto miedo al contacto a las masas de gente desconocida. Yo sabía que él iba a estar ocupado, siempre rodeado de gente, sabía que un boliche no era el mejor lugar para hablar después de meses y meses sin vernos, pero me conformaba con cruzar un más que "Hola ¿Cómo estás?". La profunda soledad en la que me encontré encerrado me ayudó a darme cuenta una vez más que no pertenezco a ese tipo de lugares. Gente juzgándote por tu apariencia hasta el más mínimo detalle, miradas que van y vienen, grupos exclusivos de personas, extravagancia en un punto excesiva. Estaba solo y suicidándome con palabras contaminantes.
Miraba la hora. Un cigarrillo más era la distancia que tenía entre el tercer taxi que tomaría y la esperada llegada de mi "amigo". No venía. De repente, un rostro familiar. Un fantasma. Fruto de mi mente (quise convencerme) que nunca logró olvidarlo, se transportó hasta este momento en el que justamente me sentía tan vulnerable. Por como mi cabeza trabajaba en contrato con mi corazón, quise creer que ella deformó algún rostro muy parecido al suyo, transformándolo en todo lo que alguna vez quise. Refregué mis manos en mis ojos intentando secar las lágrimas invisibles, puesto que sé, los hombres no lloramos. Volví en sí como si me hubiera dormido, como si ese momento hubiera sido una pesadilla, algo salido de esa realidad. Miré el techo y respiré profundamente. Bajé la mirada. Miré al frente. Allí estaban su cabello, su mirada penetrante, su frágil cuerpo. Sentí su mirada o quizás fueron tan fuertes mis deseos de tenerla que la sentí mía por mucho menos de un segundo. Yo apreté mis ojos fuertemente, aguanté la respiración, tapé mi rostro con mis manos. Sentí en mi estómago el dolor como no lo he sentido antes. En cambio mi corazón, ya conocía de ese dolor desde el día que te había visto partir en aquella esquina del barrio de San Telmo.
Aún no puedo entender, que dejaste en mí, que cada momento en el que mi corazón tiende a marchitarse, estás allí para ayudarme a caer un poco más. Compararte con el sol, fuiste cálido, hasta que tu brillo logró quemarme. Quisiera saber por qué en estos tiempos de soledad y con tu ausencia, supiste aún estar presente para inspirar en mí las frases más desesperanzadas sobre el amor. Quisiera darme cuenta de la cantidad de rechazo al amor y a la gente que sembraste en mí.
Mis ojos siguieron más que cerrados, caminé con mi respiración detenida y mi asustado corazón. No quería verte, ni quería que me vieras. Ya había sido demasiado para una sola noche. Atravesé la pista de ese boliche casi corriendo. Divisé a mi "amigo" a lo lejos. Le hice señas, a las que no respondió. No encontraba la puerta ¡Cuánta impotencia! Querer huir sin una puerta por la que salir. El cigarrillo que llevaba en mis manos se había consumido a base de nervios. Llegué a la calle practicamente vacía. Ella, yo, mi frustración. Tomé el taxi. El tercero y último.
Es triste. No hay nadie a quien llamar para pedir ayuda. No tengo ese número de emergencia que todos suelen tener en los momentos en los que necesitan un hombro sobre el cual llorar. No tengo ni esa madre o ese padre que me espera en mi casa para ver porque llegué temprano o tarde. No existe el hermano confidente, la amiga fiel... Somos mi mente y yo, y desafortunadamente, ella no está de mi lado. Todavía me quedan muchisimas cosas por atravesar. Solamente espero, espero poder solo."
(y la última vez que escribí tanto, también fue por él)
Wednesday, October 8, 2008
~
"Cómo lo suponía salió todo. Forzé el rollo y se rompió. Las fotos que saqué en mi mente no podrán ser reveladas. Esas fotos con sonidos, las de una sonrisa, las de una mirada. Comienzo a pensar que ya no hay oportunidades. Comienzo a pensar que no se puede empezar de nuevo. Comienzo a pensar que no debería siquiera intentarlo. Que ni siquiera debí intentarlo.
Hablar de hacer las cosas en vano es lo primero que se me ocurre. De que no tiene sentido, no tiene razón de ser, el volver a darme oportunidad. Pensé que me había salvado. Que había encontrado lo que necesitaba para dejar el círculo vicioso de la frustración.
Hoy me levanté temprano a pesar de que anoche me había acostado tarde. Me había acostado tarde porque me había quedado hablando con él. Él, el que me había dicho que tenía muchísimas ganas de abrazarme, de besarme, de tenerme a su lado esa noche. Él, el que me decía, sonreía del otro lado de un monitor debido a que se sentía acompañado aún solo. Él, el que me citó porque antes de viajar necesitaba verme. Él, el que me esperó en la esquina de Coronel Díaz y Soler para tomar un café (aún cuando no le gusta, dice que le da taticardias, sin saber que se dice taquicardias). Él, el que conocí una semana atrás, por mi amiga que me lo lanzó diciendo "¡Bailá con él!" y yo casi asustado intenté torpemente seguirle el ritmo a la música y a las palabras que me decía al oído y luego de una serie de preguntas terminó chocando su cara contra la mía, sin saber cuantos resultados tendría su acercamiento.
Aún creo que no debería haber salido aquel jueves. Que no debo salir para evitar toda esta serie de sentimientos entrecruzados que más que fantasmas son monstruos en mi cabeza. Más que monstruos los considero demonios, demonios que me hacen caer en la maldita tentación del ¿Cariño? ¿Amor? No sé qué es. Pero es lo suficientemente fuerte como para dejarme mal, e incluso darme alguna que otra efímera gana de llorar.
Recordaba su voz como ninguna otra, su tonada cotidiana solamente gracias a mi trabajo. Sus palabras me quedaban retenidas, mi cabeza como una grabadora descompuesta, no hizo más que guardarlas en un cassette que se encontraba sin uso hace mucho tiempo.
Desearía que no haya pedido vernos. Desearía no haberlo llamado ayer como me recomendó Lilén. Desearía no haber forzado el rollo. Desearía que esto no haya quedado así.
Como decía, me levanté temprano. Anoche hablamos por msn mucho. Lo suficiente como para que me dijera frases como: "quiero besarlo, y que no se nos choquen la nariz" o "no, no me gusta eso del rompecabezas, ni lo de la computadora fría, que si me gustaría tenerte al lado y besarte, si, pero ese discurso de los nuevos medios ya se me agoto, total, por lo menos puedo hablar con alguien, con vos". Lo que más me sorprendió fue su llamado. Justo después de que hayamos planeado vernos hoy, me fui a acostar (con una sonrisa) y noté que alguien estaba llamándome al móvil. Era él y con la simple idea de desearme Buenas Noches. Para mi no era una idea simple. Para mí era mucho más que eso. Para mí ese llamado que no habrá durado más de dos minutos encerraba muchísimas sensaciones las cuales no sentía hace muchísimo tiempo. La ansiedad me habitó desde ese momento y solo quería que sean las cuatro de la tarde para encontrarlo en aquella esquina prometida. Dormí. Dormí.
Insisto, me levanté temprano. Todo para contarle a la mujer de mi papá por lo que estaba pasando. La acompañé hasta su trabajo. Me deseó suerte. Veía mi cara llena de ilusiones, veía tantas expectativas en mí, veía algo distinto. Yo veía las cosas diferentes hoy cuando me levanté.
Ya cuando estaba por salir hacia el encuentro veo que había recibido un mensaje suyo: "Lindo 4 y 30 mejor! Nos vemos!". No importaba. Yo estaría allí. Antes de llegar decidí comprarle algo. Pequeño, pero como para que me recuerde por lo menos.
Llegué a aquella esquina y no lo encontré. Lo llamé. Estaba adentro del Café. Me miró y yo automaticamente por el vidrio de ese ventanal que nos separaba encontré su fresca sonrisa. Intercambiamos vivencias, opiniones, palabras, miradas, intercambiamos sonrisas, puntos de vista, pero yo no podía sacar mis ojos de su rostro, de sus ojos, de sus facciones. No podía dejar de escucharlo. No quería perderme detalles de sus movimientos, de sus particulares razonamientos sobre los cumpleaños. Su alegría me avasayaba. Sentí tantas ganas de vivir en su ser, que en un momento las sentí contagiosas. Volviendo a sus razonamientos sobre los cumpleaños, no voy a decir lo que me dijo sobre esa fecha porque sonaría ridículo, pero hablaba con color en sus palabras. Sentía que podía ver lo que estaba diciendo e incluso hubiese intentado tocar sus palabras, pero muchos factores inhibían mis movimientos. Luego de tomar algo, él quería fumar, así que salimos del Café y nos sentamos en la vereda. Pidió una "Lágrima" porque es uno de los pocos cafés que puede tomar sin que le haga mal. Seguimos hablando. En algunos momentos, mi mente vacilaba con otras ideas mientras el hablaba, pero ninguna de ellas influían mucho en lo que estaba pasando.
Decidimos dejar el lugar, fuimos a caminar. Salimos por Coronel Díaz para el lado de Santa Fe y llegamos a Parque Las Heras. Nos sentamos en un banco de ese gran parque que alguna vez hubiera sido una cárcel. Hablamos. Quería sentarme más cerca de él. Pero no podía. No me dejaba. Yo no me dejaba. Comencé a hablar de cosas de las que hablo cuando me pongo nervioso. Habían silencios, y definitivamente los silencios no me son agradables nunca. Él me dijo que los silencios no le molestaban. No concordé. Nos levantamos del lugar. Se le estaba haciendo tarde. Debía ir a ayudar a un amigo que estaba rodando un cortometraje.
"¿Cómo la pasaste?"- me preguntó.
"Bien" -respondí. Mordí mis labios, pero no pude retener unas palabras- "Pero podría haber sido mejor."
"¿A qué te referís?"
"No voy a decirlo. No debí haberlo dicho."
"¿Te referís a un beso o algo así?"
Luego una mezcla de palabras, frases, cosas, letras, me mareé con su voz en mis oídos diciéndome que no.
"Tengo muchas cosas en mi cabeza. No te puedo dar un beso por vos y por mí. Me gustas mucho, pero no no NO. No puedo. No puedo. No puedo. No puedo."
Algo sentí en ese momento. Una sensación horrible me invadió. Tenía tantas ganas de correr como de llorar. Me sentí estúpido. Muy. Y no lo culpo a él. Yo soy demasiado ingenuo aún como para creer en una persona que conocí en una noche casi por casualidad. Demasiado ingenuo como para creerme capaz de poder hacerle bien a alguien y que sea correspondido. Demasiado ingenuo como para intentar una vez más poner en primer lugar en mi vida a alguien, sin quitarme a mí.
"¿Estás bien? ¿Soy una nueva frustración?" -me preguntó.
"Como si te importara" -dije con orgullo, el cual pierdo cada vez que caigo, como hoy.
"Cómo lo suponía salió todo. Forzé el rollo y se rompió. Las fotos que saqué en mi mente no podrán ser reveladas. Esas fotos con sonidos, las de una sonrisa, las de una mirada. Comienzo a pensar que ya no hay oportunidades. Comienzo a pensar que no se puede empezar de nuevo. Comienzo a pensar que no debería siquiera intentarlo. Que ni siquiera debí intentarlo.
Hablar de hacer las cosas en vano es lo primero que se me ocurre. De que no tiene sentido, no tiene razón de ser, el volver a darme oportunidad. Pensé que me había salvado. Que había encontrado lo que necesitaba para dejar el círculo vicioso de la frustración.
Hoy me levanté temprano a pesar de que anoche me había acostado tarde. Me había acostado tarde porque me había quedado hablando con él. Él, el que me había dicho que tenía muchísimas ganas de abrazarme, de besarme, de tenerme a su lado esa noche. Él, el que me decía, sonreía del otro lado de un monitor debido a que se sentía acompañado aún solo. Él, el que me citó porque antes de viajar necesitaba verme. Él, el que me esperó en la esquina de Coronel Díaz y Soler para tomar un café (aún cuando no le gusta, dice que le da taticardias, sin saber que se dice taquicardias). Él, el que conocí una semana atrás, por mi amiga que me lo lanzó diciendo "¡Bailá con él!" y yo casi asustado intenté torpemente seguirle el ritmo a la música y a las palabras que me decía al oído y luego de una serie de preguntas terminó chocando su cara contra la mía, sin saber cuantos resultados tendría su acercamiento.
Aún creo que no debería haber salido aquel jueves. Que no debo salir para evitar toda esta serie de sentimientos entrecruzados que más que fantasmas son monstruos en mi cabeza. Más que monstruos los considero demonios, demonios que me hacen caer en la maldita tentación del ¿Cariño? ¿Amor? No sé qué es. Pero es lo suficientemente fuerte como para dejarme mal, e incluso darme alguna que otra efímera gana de llorar.
Recordaba su voz como ninguna otra, su tonada cotidiana solamente gracias a mi trabajo. Sus palabras me quedaban retenidas, mi cabeza como una grabadora descompuesta, no hizo más que guardarlas en un cassette que se encontraba sin uso hace mucho tiempo.
Desearía que no haya pedido vernos. Desearía no haberlo llamado ayer como me recomendó Lilén. Desearía no haber forzado el rollo. Desearía que esto no haya quedado así.
Como decía, me levanté temprano. Anoche hablamos por msn mucho. Lo suficiente como para que me dijera frases como: "quiero besarlo, y que no se nos choquen la nariz" o "no, no me gusta eso del rompecabezas, ni lo de la computadora fría, que si me gustaría tenerte al lado y besarte, si, pero ese discurso de los nuevos medios ya se me agoto, total, por lo menos puedo hablar con alguien, con vos". Lo que más me sorprendió fue su llamado. Justo después de que hayamos planeado vernos hoy, me fui a acostar (con una sonrisa) y noté que alguien estaba llamándome al móvil. Era él y con la simple idea de desearme Buenas Noches. Para mi no era una idea simple. Para mí era mucho más que eso. Para mí ese llamado que no habrá durado más de dos minutos encerraba muchísimas sensaciones las cuales no sentía hace muchísimo tiempo. La ansiedad me habitó desde ese momento y solo quería que sean las cuatro de la tarde para encontrarlo en aquella esquina prometida. Dormí. Dormí.
Insisto, me levanté temprano. Todo para contarle a la mujer de mi papá por lo que estaba pasando. La acompañé hasta su trabajo. Me deseó suerte. Veía mi cara llena de ilusiones, veía tantas expectativas en mí, veía algo distinto. Yo veía las cosas diferentes hoy cuando me levanté.
Ya cuando estaba por salir hacia el encuentro veo que había recibido un mensaje suyo: "Lindo 4 y 30 mejor! Nos vemos!". No importaba. Yo estaría allí. Antes de llegar decidí comprarle algo. Pequeño, pero como para que me recuerde por lo menos.
Llegué a aquella esquina y no lo encontré. Lo llamé. Estaba adentro del Café. Me miró y yo automaticamente por el vidrio de ese ventanal que nos separaba encontré su fresca sonrisa. Intercambiamos vivencias, opiniones, palabras, miradas, intercambiamos sonrisas, puntos de vista, pero yo no podía sacar mis ojos de su rostro, de sus ojos, de sus facciones. No podía dejar de escucharlo. No quería perderme detalles de sus movimientos, de sus particulares razonamientos sobre los cumpleaños. Su alegría me avasayaba. Sentí tantas ganas de vivir en su ser, que en un momento las sentí contagiosas. Volviendo a sus razonamientos sobre los cumpleaños, no voy a decir lo que me dijo sobre esa fecha porque sonaría ridículo, pero hablaba con color en sus palabras. Sentía que podía ver lo que estaba diciendo e incluso hubiese intentado tocar sus palabras, pero muchos factores inhibían mis movimientos. Luego de tomar algo, él quería fumar, así que salimos del Café y nos sentamos en la vereda. Pidió una "Lágrima" porque es uno de los pocos cafés que puede tomar sin que le haga mal. Seguimos hablando. En algunos momentos, mi mente vacilaba con otras ideas mientras el hablaba, pero ninguna de ellas influían mucho en lo que estaba pasando.
Decidimos dejar el lugar, fuimos a caminar. Salimos por Coronel Díaz para el lado de Santa Fe y llegamos a Parque Las Heras. Nos sentamos en un banco de ese gran parque que alguna vez hubiera sido una cárcel. Hablamos. Quería sentarme más cerca de él. Pero no podía. No me dejaba. Yo no me dejaba. Comencé a hablar de cosas de las que hablo cuando me pongo nervioso. Habían silencios, y definitivamente los silencios no me son agradables nunca. Él me dijo que los silencios no le molestaban. No concordé. Nos levantamos del lugar. Se le estaba haciendo tarde. Debía ir a ayudar a un amigo que estaba rodando un cortometraje.
"¿Cómo la pasaste?"- me preguntó.
"Bien" -respondí. Mordí mis labios, pero no pude retener unas palabras- "Pero podría haber sido mejor."
"¿A qué te referís?"
"No voy a decirlo. No debí haberlo dicho."
"¿Te referís a un beso o algo así?"
Luego una mezcla de palabras, frases, cosas, letras, me mareé con su voz en mis oídos diciéndome que no.
"Tengo muchas cosas en mi cabeza. No te puedo dar un beso por vos y por mí. Me gustas mucho, pero no no NO. No puedo. No puedo. No puedo. No puedo."
Algo sentí en ese momento. Una sensación horrible me invadió. Tenía tantas ganas de correr como de llorar. Me sentí estúpido. Muy. Y no lo culpo a él. Yo soy demasiado ingenuo aún como para creer en una persona que conocí en una noche casi por casualidad. Demasiado ingenuo como para creerme capaz de poder hacerle bien a alguien y que sea correspondido. Demasiado ingenuo como para intentar una vez más poner en primer lugar en mi vida a alguien, sin quitarme a mí.
"¿Estás bien? ¿Soy una nueva frustración?" -me preguntó.
"Como si te importara" -dije con orgullo, el cual pierdo cada vez que caigo, como hoy.
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